La 80ª Asamblea General de la ONU arranca este 23 de septiembre en medio de una de las peores crisis de su historia: desfinanciación, guerras sin control y un creciente desprecio al multilateralismo.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha recortado drásticamente los aportes de Estados Unidos —principal financiador del organismo—, paralizando programas humanitarios y debilitando las operaciones de paz. Al mismo tiempo, potencias como China acumulan retrasos en sus pagos, lo que asfixia a agencias clave como la OMS, Unicef y el Programa Mundial de Alimentos.
En el plano político, la ONU exhibe su impotencia: ni en Gaza, Ucrania, Yemen, Siria o Sudán ha logrado frenar los conflictos. El Consejo de Seguridad sigue bloqueado por el poder de veto de sus cinco miembros permanentes (EE. UU., Rusia, China, Francia y Reino Unido), que impiden resoluciones incómodas para sus aliados. El ejemplo más reciente: el veto estadounidense a un alto el fuego en Gaza el 18 de septiembre, pese a 14 votos a favor.
Desde 1946, el veto se ha usado 326 veces, casi la mitad por Rusia y un tercio por EE. UU. Esa herramienta, diseñada para garantizar consensos, hoy paraliza al organismo y mina su legitimidad.
Con un presupuesto ordinario de 3.720 millones de dólares para 2025, la ONU intenta sostener sus programas mientras la cooperación internacional se fragmenta en acuerdos bilaterales. Para el secretario general António Guterres, lo que está en juego no es solo el financiamiento, sino la supervivencia del multilateralismo.