Los presidentes Donald Trump y Xi Jinping se reunieron en Corea del Sur y alcanzaron un acuerdo para reducir las tensiones comerciales entre las dos mayores economías del mundo. Sin embargo, persisten las dudas: ¿es realmente el fin de la guerra comercial? ¿Quién gana más en este pulso? ¿Y qué significan los silencios sobre Rusia y Taiwán?

Como parte del acuerdo, Washington redujo los aranceles a los productos chinos del 57% al 47% y suspendió la aplicación de una lista negra que iba a restringir las operaciones de varias empresas del gigante asiático. A cambio, Pekín levantó parcialmente las limitaciones a la exportación de tierras raras —minerales estratégicos para la industria tecnológica— y se comprometió a incrementar sus compras de soya estadounidense.

El intercambio fue recibido como una tregua temporal, más que como el fin del conflicto. Para los mercados internacionales, representó una señal de alivio.

“El acuerdo es una buena noticia porque baja los decibeles de la guerra comercial entre las dos potencias más grandes del mundo”, señaló Alberto Bernal León, director de Estrategia Global de XP Investments, en declaraciones a France 24.

No obstante, la tregua deja abiertas preguntas sobre quién se beneficia más. En el corto plazo, China podría ceder terreno por su alto superávit con Estados Unidos, pero las consecuencias también se sienten del otro lado. “Más del 50% de las ventas de Qualcomm y el 17% de las de Apple se realizan en China. En este escenario, todos pierden”, advirtió Bernal.

Por su parte, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, confirmó que China comprará 12 millones de toneladas de soya este año y mantendrá compras anuales de al menos 25 millones de toneladas durante los próximos tres años.

Uno de los puntos más delicados del acuerdo son las tierras raras, esenciales para la producción de teléfonos móviles, baterías y equipamiento militar.

El economista Ricardo Aronskind, magíster en Relaciones Internacionales, destacó en El Debate que la decisión de Pekín de flexibilizar esas exportaciones “demuestra que Estados Unidos depende de los suministros chinos. Es una señal positiva, pero también una jugada estratégica: esa es su carta más fuerte”.

Bernal coincide y compara su peso geopolítico con el del petróleo en décadas pasadas:

“Las tierras raras son el nuevo petróleo del siglo XXI. Tienen un poder de negociación enorme y son un instrumento de presión que China maneja con habilidad.”

Pese al tono conciliador del encuentro, los temas políticos y de seguridad siguen marcando la distancia entre Washington y Pekín. Los silencios sobre Rusia y Taiwán fueron tan elocuentes como los anuncios comerciales.

Según Aronskind, ambas potencias “planifican a largo plazo sus capacidades industriales, tecnológicas y militares”. En su opinión, Estados Unidos “reconoce su vulnerabilidad estratégica y busca reducir su dependencia de un rival que, a la vez, necesita”.

En síntesis, el acuerdo enfría momentáneamente la tensión comercial entre ambas potencias: para Estados Unidos, el aumento en las compras de soya es una victoria política; para China, la reapertura de las tierras raras reafirma su peso estratégico en la cadena global de suministros.

Sin embargo, los analistas advierten que esta pausa podría ser solo un respiro táctico dentro de una disputa estructural que abarca desde la tecnología hasta la influencia geopolítica. El futuro de TikTok, la posición sobre Taiwán y el vínculo con Rusia siguen siendo los verdaderos frentes de una rivalidad que está lejos de terminar.

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